Autor: Fernando Aylwin

  • Apego ansioso familiar: cuándo el deseo de unión deja de ser sano

    Apego ansioso familiar: cuándo el deseo de unión deja de ser sano

    El apego ansioso familiar suele confundirse con amor, compromiso o sentido de responsabilidad. Y, en muchos casos, eres tú —como mujer y madre— quien ha asumido el rol de mantener los vínculos, sostener el contacto y procurar que la familia permanezca unida en el tiempo.

    Pero ¿qué pasa cuando ese esfuerzo deja de ser equilibrado y comienza a generar ansiedad, control o dificultad para dar espacio a la necesaria independencia?

    Apego ansioso familiar o vínculo saludable: cómo diferenciarlos

    Es natural querer cercanía, afecto y unidad. La dificultad emerge cuando esa necesidad se vuelve rígida o te genera malestar.

    En mi experiencia clínica, muchas mujeres sostienen el equilibrio familiar como resultado de lo que aprendieron en su vida. En otras palabras, no es algo necesariamente “innato”, sino un rol que se fue formando con el tiempo.

    El apego ansioso familiar comienza a notarse cuando sientes que no puedes dejar de intervenir, cuando te cuesta aceptar la autonomía de tus hijos o cuando el bienestar familiar depende exclusivamente de ti.

    Cómo la infancia influye en tu forma de vincularte

    Muchas de estas dinámicas tienen raíces en la infancia. Cuando eras niña, no contabas con las herramientas para comprender todo lo que ocurría a tu alrededor.

    Si viviste una distancia emocional, la soledad o la falta de reconocimiento, es posible que te hayas convencido de evitar esos dolores emocionales.

    Esta idea no siempre es consciente, pero puede influir en tu forma de ejercer la maternidad convirtiendo el deseo de unión en una necesidad intensa de mantener a tus hijos cerca, unidos y protegidos.

    Señales de alerta: cuándo prestar atención

    Mantener la unión familiar es valioso. Sin embargo, conviene observar algunas señales:

    • Sentir ansiedad cuando tus hijos se distancian o toman decisiones propias.
    • Dificultad para soltar el control en la dinámica familiar.
    • Percibir que el peso de mantener la familia unida solo recae en ti.

    Por ejemplo, esto puede verse en comportamientos como reorganizar la vida de tus hijos adultos, contactarlos diariamente “para saber cómo están realmente”, o sentir culpa intensa cuando no participas en cada evento familiar. También cuando la distancia física o emocional de un miembro genera en ti una ansiedad desproporcionada.

    Una pregunta que puede ayudarte a entender lo que sientes

    Te propongo detenerte un momento y preguntarte: ¿Estoy actuando desde el presente o desde una experiencia no resuelta del pasado?

    Comprender el origen del apego ansioso familiar no es un juicio, es una herramienta. Te permite flexibilizar tu forma de vincularte y dar espacio a relaciones más sanas, donde también exista autonomía.

    Cuidar de tu historia emocional no te aleja de tu familia. Por el contrario, puede ser la forma más profunda de fortalecerla.

    Si al leer esto reconoces estas dinámicas en ti, la invitación no es a juzgarte, sino a explorarlas. Ya sea a través de la reflexión personal o con apoyo terapéutico, este proceso de comprensión es el que transforma el apego ansioso familiar en una forma más libre de amar.

    Soy Fernando Aylwin, psicólogo y constelador familiar

  • Culpa en la pareja: cuando te responsabilizas por lo que no hiciste

    Culpa en la pareja: cuando te responsabilizas por lo que no hiciste

    Tu pareja hace una escena de celos pese a que tú no eres responsable de nada. Aún así, terminas sintiéndote culpable.
    Si te reconoces en esta situación, pudiera ser que esa culpa en la pareja no necesariamente habla de un hecho, sino de cómo te valoras a ti mismo.

    ¿Por qué sientes culpa si no hiciste nada?

    La teoría del apego, desarrollada por John Bowlby, plantea que nuestras primeras relaciones influyen tanto en la forma en que nos vinculamos como en la imagen que construimos de nosotros mismos.

    Cuando esas experiencias tempranas son inseguras, es más probable desarrollar una percepción frágil del propio valor. Con el tiempo, esto puede dar lugar a un estilo de relación conocido como apego ansioso, caracterizado por una alta sensibilidad a las reacciones del otro y una necesidad constante de validación.

    Desde ahí, ciertas situaciones —como el enojo o los celos de la pareja— pueden interpretarse como señales de falla personal, aunque no exista una causa objetiva.

    Este proceso no ocurre de manera consciente. Desde la terapia cognitiva, Aaron T. Beck lo explica a través de los pensamientos automáticos y las distorsiones cognitivas, que llevan a conclusiones apresuradas o poco ajustadas a la realidad.

    En la misma línea, Albert Ellis habla de creencias irracionales, como la idea de que uno debería evitar cualquier conflicto o ser responsable del malestar del otro.

    Ambos enfoques coinciden en que no reaccionas solo a los hechos, sino, a la forma en que los interpretas. Y cuando esa interpretación está marcada por inseguridad, es más fácil autoatribuirte responsabilidades.

    ¿Qué puedes hacer con esto?

    Comprender este patrón es el primer paso. No se trata de culparte por sentirte así, sino de reconocer que es una forma aprendida de interpretar las relaciones.

    El trabajo terapéutico permite identificar estos esquemas, cuestionarlos y desarrollar una forma más equilibrada de verte a ti mismo y de relacionarte con los demás.

    Dejar de asumir responsabilidades que no son tuyas no significa desentenderse del vínculo, sino, de situarse en él desde un lugar más justo y realista.

    Soy Fernando Aylwin, psicólogo y constelador familiar.

  • La depresión: cuando la tristeza se convierte en una neumonía del alma

    La depresión: cuando la tristeza se convierte en una neumonía del alma

    ¿Estás sin energía, sin fuerzas, sin muchas ganas de continuar viviendo? ¿O sientes que funcionas en piloto automático, sin experimentar ninguna sensación grata? Si te identificas con alguna de estas preguntas, es posible que estés frente a un cuadro depresivo, muchas veces desencadenado por un duelo no realizado.

    En mi práctica clínica lo veo con frecuencia: la depresión es más común de lo que se cree, y entender cómo se desarrolla es el primer paso para pedir ayuda a tiempo.

    De la tristeza a la depresión: una enfermedad que crece si no se trata

    Para explicarte la relación entre tristeza y depresión, me gusta usar una analogía médica.

    Piensa en un resfriado de invierno. Dura unos diez días y, si te haces cargo —paracetamol, abrigo, evitar cambios bruscos de temperatura, mascarilla en lugares concurridos—, el cuerpo lo supera. Pero si no haces nada, ese resfriado puede derivar en una infección que ya requiere médico y antibióticos. Y si tampoco tratas esa infección, puede extenderse hasta los pulmones y convertirse en neumonía: una condición grave, urgente y potencialmente mortal.

    La tristeza es algo parecido. Cuando tiene su origen en un duelo, la manera de superarlo está en llorar lo que hay que llorar, patalear si es necesario.

    Evitar ese proceso es lo que convierte una tristeza natural en depresión.

    La depresión es una neumonía de tristeza

    Y como toda neumonía, requiere tratamiento urgente: visita al psiquiatra, medicación específica y, en algunos casos, hospitalización. No es algo que pueda resolverse solo con fuerza de voluntad, del mismo modo en que nadie espera que un enfermo de neumonía se cure sin remedios ni atención médica.

    Si sientes que llevas demasiado tiempo cargando una tristeza que no cede, la urgencia de buscar ayuda es mayor. Pide ayuda. Visita a un psiquiatra. No dejes que esa neumonía de tristeza siga avanzando.

    Tu vida vale el tratamiento.

    Soy Fernando Aylwin, psicólogo y constelador familiar.

  • Después del divorcio, ¿te llevas mejor con tu ex? Esto es lo que debes saber

    Después del divorcio, ¿te llevas mejor con tu ex? Esto es lo que debes saber

    Si pasaste por un divorcio y hoy tienes una mejor relación con tu ex pareja que cuando estaban juntos, probablemente algo en ti no termina de entender qué está pasando. 

    Es una situación más común de lo que crees, y como psicólogo la veo con frecuencia en consulta: el divorcio abre una distancia física y legal, pero a veces se acerca emocionalmente a las personas. Y eso, lejos de ser una señal de que todo va bien, puede convertirse en una fuente de confusión profunda. 

    ¿Fue correcto divorciarse? ¿Tiene sentido volver? ¿Podrían retomar la convivencia? Estas preguntas tienen una lógica comprensible, pero es importante que sepas leerlas bien antes de actuar.

    Cómo crear una sana distancia después del divorcio

    Lo que te propongo trabajar tiene dos pasos que van de la mano.

    El primero: construir gradualmente una distancia con tu ex pareja. Si hoy se hablan día por medio, el ejercicio es simple: añade un día más de espacio entre cada contacto. No de golpe, sino poco a poco, de forma que el distanciamiento se sienta natural y no como un castigo para ninguno de los dos.

    El segundo paso —tan importante como el primero, y que en realidad depende de él— es que empieces a llenar ese espacio que se va abriendo con tu propia vida. Retoma una amistad que quedó en pausa, vuelve a ese hobby que abandonaste, busca una actividad nueva, refuerza los vínculos con las personas que han estado contigo toda la vida. El espacio que dejas de ocupar con tu ex necesita llenarse de ti.

    Antes de seguir, te dejo una pregunta para que puedas meditar: ¿El tiempo que dedicas hoy a tu ex pareja lo estás eligiendo libremente, o es la única forma que encontraste de no sentirte solo/a?

    Porque al final, el objetivo no es alejarte de esa persona con frialdad o resentimiento. Es construir una vida propia lo suficientemente plena como para que la nueva relación con tu ex —si es que existe—, ocupe el lugar que le corresponde: uno acotado, sin la carga emocional que tenía antes.

    Soy Fernando Aylwin, psicólogo y constelador familiar

  • ¿Cómo superar el miedo a la soledad?: Sanando tus heridas del pasado

    ¿Cómo superar el miedo a la soledad?: Sanando tus heridas del pasado

    Si llevas años en una relación que no te satisface, pero sientes que no tienes las fuerzas necesarias para terminarla, quiero que te detengas un momento a reflexionar conmigo sobre el miedo a la soledad.

    Es muy probable que lo que te detiene no sea la falta de claridad sobre tu infelicidad, sino un miedo profundo y paralizante a quedarte solo. Como psicólogo, veo con frecuencia cómo este temor actúa como una cadena invisible que te obliga a aceptar migajas afectivas con tal de no enfrentar el vacío.

    Debes comprender que este miedo no es un defecto de tu carácter, sino una “programación automática” que se instaló en ti durante tu infancia. Entre tu nacimiento y los 12 años, si experimentaste la ausencia de tus padres, o si la relación con ellos fue de mala calidad o carente de apoyo, se grabó en tu psique la herida de la soledad.

    Hoy, cuando te planteas dejar esa relación que te hace daño, tu inconsciente no reacciona ante el presente, sino que revive el desamparo de aquel niño que alguna vez fuiste.

    El camino terapéutico: de la dependencia al placer de tu propia compañía

    Mi labor como profesional es acompañarte a transitar un proceso en el que logres comprender cómo superar el miedo a la soledad a través de la visualización de tu origen.

    En nuestras sesiones, exploraremos por qué estuvieron o no tus padres, y analizaremos la calidad de ese vínculo inicial. Solo cuando logramos ponerle nombre y rostro a la razón de tu vacío, el miedo pierde su poder sobre ti.

    Al trabajar conmigo en este proceso, dejarás de huir de ti mismo para empezar a enfocarte en tu propio bienestar. Mi objetivo es que realices ese cambio de perspectiva fundamental: que dejes de ver la soledad como una amenaza de abandono y empieces a descubrir el placer de estar contigo mismo.

    Cuando sanas esa herida, dejas de necesitar la compañía por supervivencia y empiezas a elegir tus relaciones desde la libertad y el autorrespeto.

    Soy Fernando Aylwin, psicólogo y constelador familiar.

  • ¿Sostienes o acompañas? La clave está en la horizontalidad en la pareja

    ¿Sostienes o acompañas? La clave está en la horizontalidad en la pareja

    A menudo me preguntan en mi consulta cómo saber si una relación tiene futuro o si simplemente se ha estancado en una dinámica de agotamiento. La respuesta, aunque parezca compleja, suele residir en un concepto fundamental: la horizontalidad en la pareja.

    Imagina por un momento que tú y tu compañero son dos personas que caminan una al lado de la otra, con el mismo peso, las mismas responsabilidades y, sobre todo, el mismo estatus de “socio”. Eso es lo que define a un equipo sano. Cuando elegimos a alguien para compartir la vida, lo hacemos bajo la premisa de ser partners, compañeros que se apoyan mutuamente en un plano de igualdad.

    Sin embargo, en el día a día, es muy fácil que esa línea recta se incline y se convierta en una pendiente. Si de pronto sientes que tienes una carga mucho mayor que la de la otra persona, o que el bienestar de la relación depende casi exclusivamente de tu capacidad de cuidado, ya no estamos hablando de un equipo. Estamos hablando de una “verticalización” del vínculo.

    Aquí es donde surge la diferencia crítica entre apoyar y sostener. Apoyar es un acto de amor entre iguales; sostener, en cambio, implica que uno de los dos ha perdido su autonomía y necesita que el otro lo mantenga en pie, creando una jerarquía que acaba por desgastar a ambos.

    El peligro de los roles verticales y el Triángulo de Karpman

    Para entender por qué perdemos la horizontalidad en la pareja, me gusta recurrir a una herramienta muy reveladora en psicología: el Triángulo Dramático de Stephen Karpman. Según este autor, cuando las relaciones dejan de ser planas, solemos caer en roles inconscientes.

    Uno de los más comunes es el del “Salvador”. Es esa posición en la que tú asumes la responsabilidad de solucionar los problemas del otro, de rescatarlo o de ser su pilar inamovible. El problema es que para que tú seas un “Salvador”, necesitas que tu pareja actúe como una “Víctima”.

    Esta dinámica vertical es sumamente dañina. Cuando “sostienes” a alguien de manera constante, le estás quitando su poder personal y tú te estás cargando con un peso que no te corresponde.

    En una relación donde existe una verdadera horizontalidad en la pareja, ambos miembros pesan lo mismo. No hay uno que cuide y otro que sea cuidado por sistema, sino una reciprocidad constante donde el apoyo fluye en ambas direcciones.

    Si al leer estas líneas sientes que tu relación se ha vuelto una estructura de carga en lugar de un espacio de compañía, te invito a reflexionar.

    Observa cómo interactúas con tu pareja y si los roles que han adoptado les permiten crecer o si, por el contrario, los mantienen atrapados en una jerarquía asfixiante. A veces, recuperar ese equilibrio requiere un trabajo profundo. Si identificas que este problema te supera, ya sea de forma individual o como unidad, buscar ayuda profesional puede ser el paso definitivo para volver a caminar a la misma altura.

    Soy Fernando Aylwin, psicólogo y constelador familiar

  • Dificultad para expresar las emociones: ¿Por qué te cuesta tanto llorar la partida de un familiar?

    Dificultad para expresar las emociones: ¿Por qué te cuesta tanto llorar la partida de un familiar?

    ¿Eres de esas personas a las que les resulta casi imposible llorar, incluso ante la pérdida de un ser querido? Quizás han pasado años desde la muerte de un familiar y sientes que el duelo no termina de fluir.

    Esta dificultad para expresar las emociones no suele nacer de una falta de sensibilidad, sino del rol “vertical” que ocupaste en tu familia desde la infancia. Es lo que ocurre al asumir la protección de quienes debieron ofrecer ese cuidado.

    En la psicología y las constelaciones familiares, este fenómeno se conoce como parentificación. Aunque el nombre parezca complejo, describe una realidad sencilla: la inversión de los roles naturales.

    Ocurre cuando, al percibir la fragilidad emocional de tu padre o de tu madre, asumes la responsabilidad de sostenerlos. Para lograrlo, te impones un mandato silencioso: “nunca debo estar triste ni mostrar debilidad”. Desde esa mirada infantil, comprendes que un cuidador no puede romperse, pues de su fortaleza depende la estabilidad de todo el sistema.

    Cómo la parentificación bloquea tu capacidad de sentir y sanar

    Esa armadura que sirvió para sostener a tu familia en el pasado es la misma que hoy actúa como un muro ante tu propia sanación.

    Mantenerte en ese pedestal de protector constante te aleja de tu humanidad y te impide transitar la muerte de un familiar de manera natural.

    Como psicólogo y constelador, mi consejo es que te permitas explorar este patrón mediante un trabajo terapéutico. Necesitas soltar esa carga ajena para descender de ese lugar vertical y ocupar, finalmente, tu posición real como hijo.

    Recuperar la capacidad de llorar es un proceso profundamente sano y necesario para la limpieza interior. El llanto no te hace débil; al contrario, es la herramienta natural para liberar el peso del pasado.

    Al soltar el rol de cuidador heredado, te das permiso para la vulnerabilidad y, por fin, logras transformar esa dificultad para expresar las emociones en una puerta abierta hacia la paz y la libertad emocional.

    Soy Fernando Aylwin, psicólogo y constelador familiar

  • ¿Sientes que nadie está a tu altura? Descubre por qué surge la necesidad de descalificar al otro

    ¿Sientes que nadie está a tu altura? Descubre por qué surge la necesidad de descalificar al otro

    Es muy probable que, en más de una ocasión, te hayas sorprendido a ti mismo pensando que las personas de tu entorno carecen de valor, que son poco útiles o, de forma más directa, las has tratado de estúpidas. Como terapeuta, te aseguro que descalificar así al otro no es un simple rasgo de tu personalidad, ni una señal de que seas superior a los demás. En realidad, suele ser el eco de una herida antigua que tu mente utiliza para protegerse de posibles daños.

    Tu “superioridad” como escudo protector

    Para que entiendas por qué te ocurre esto, es fundamental acudir a la mirada de Alfred Adler. 

    Él sostenía que muchas veces, detrás de una actitud arrogante o despectiva, se esconde una profunda sensación de inseguridad. Cuando una persona no se siente suficiente por dentro, puede construir una especie de máscara de superioridad para compensar ese malestar. Desde ese lugar, descalificar a los demás le da una ilusión de control: si el otro es menos capaz, entonces yo me siento más fuerte.

    El problema es que ese desprecio funciona como un escudo que protege momentáneamente, pero también impide crear relaciones reales y cercanas, porque mantiene a la persona lejos de su propia vulnerabilidad y de la posibilidad de encontrarse con los otros desde un lugar más humano.

    La desilusión con tu padre y su huella en tu presente

    Otra perspectiva que nos ayuda a comprenderte es la de Heinz Kohut.

    Él ponía el foco en cómo nos construimos a través del vínculo con nuestros padres. De niño, necesitábamos admirar al padre y verlo como alguien fuerte y sabio para sentirnos seguros en el mundo. Sin embargo, si vivimos una gran desilusión —sentir que él nunca nos vio, no nos entendió o que no era capaz de darnos la razón—, esa imagen idealizada se rompió antes de tiempo.

    Kohut planteaba que los niños necesitan poder mirar a su padre —o a quien cumpla ese lugar— con cierta admiración sana. Cuando esa posibilidad no existe, porque el padre fue ausente, frío o decepcionante, puede quedar una sensación interna de vacío e inseguridad. 

    Desde ahí se hace difícil confiar en otras personas o reconocer su valor. Algunas veces, para protegerse de una nueva herida, la persona aprende a descalificar a los demás antes de darles la oportunidad de fallar, como una forma de no volver a sentirse tan vulnerable.

    Hacia una nueva forma de mirar a los demás

    Este hábito de pensamiento podría teñir tu día a día impidiéndote conectar con las fortalezas reales de quienes te rodean.

    Mi trabajo contigo en terapia consistiría en ayudarte a cuestionar ese juicio que aparece de forma casi mecánica. No busco que todo el mundo te agrade, sino que comprendas que esa necesidad de descalificar fue una herramienta que te sirvió para sobrevivir al dolor de la desilusión, pero que hoy solo te aísla.

    Si te das el permiso de trabajar en la sanación de ese vínculo primario y refuerzas tu propia seguridad, verás cómo ese prejuicio empieza a perder su razón de ser. Te darás la oportunidad de descubrir que los demás no son una amenaza para ti, sino personas con múltiples matices que, hasta ahora, no te habías permitido observar.

    Soy Fernando Aylwin, psicólogo y constelador familiar

  • Terminar una relación: cuando el quiebre no empieza en la pareja

    Terminar una relación: cuando el quiebre no empieza en la pareja

    Terminar una relación larga suele vivirse como un golpe inesperado. Muchas personas dicen: “no lo vi venir”, “pensé que estábamos bien”. El dolor no solo está en la pérdida, sino en la sorpresa. Sin embargo, en la consulta aparece con frecuencia la misma pregunta de fondo: ¿qué estaba ocurriendo en la relación que no logré ver?

    Desde la psicología sabemos que las relaciones de pareja no se construyen desde cero. Cada persona llega con una historia previa, con aprendizajes emocionales profundos que, muchas veces, no son conscientes. Entender esto no evita el dolor de terminar una relación, pero permite darle sentido y abrir una posibilidad de cambio.

    Cuando en la infancia aprendiste a cuidar en lugar de vincularte

    Algunas personas crecieron ocupando un lugar que no les correspondía: se hicieron cargo emocionalmente de uno de sus padres, debieron mediar conflictos, cuidar, sostener, proteger. Aunque estas experiencias suelen vivirse como “normales” o, incluso, como muestras de madurez temprana, dejan una huella profunda en la forma de relacionarse.

    En la adultez, ese aprendizaje puede traducirse en relaciones de pareja donde el vínculo se organiza desde el cuidado excesivo, la responsabilidad emocional o el “estar a cargo” del otro. No se acompaña al par, se lo sostiene. No se comparte el camino, se lo dirige o se lo carga. Desde fuera, la relación puede parecer estable, pero internamente se vuelve asimétrica.

    Cuando una relación se construye así, el desgaste es inevitable. La persona que cuida suele sentirse agotada y poco acompañada; la persona cuidada puede sentirse infantilizada o asfixiada. En ese contexto, terminar una relación puede aparecer como una decisión abrupta para quien nunca cuestionó el rol que estaba desempeñando.

    El apego y la pareja: lo que observaron Hazan y Shaver

    La psicóloga Cindy Hazan y el psicólogo Phillip Shaver fueron pioneros en aplicar la teoría del apego a las relaciones de pareja adultas. A partir de sus investigaciones, mostraron que los vínculos amorosos activan los mismos sistemas emocionales que se formaron en la infancia con las figuras de cuidado.

    Según esta perspectiva, las experiencias tempranas generan “modelos internos” sobre cómo vincularse: qué esperar del otro, cómo pedir apoyo, cómo reaccionar ante la distancia o el conflicto. Cuando en la infancia el amor estuvo asociado al sacrificio, a la responsabilidad temprana o al cuidado del adulto, es probable que en la adultez el amor se confunda con hacerse cargo.

    Esto ayuda a comprender por qué algunas personas, sin darse cuenta, reproducen relaciones donde cuidan más de lo que acompañan. Y también explica por qué terminar una relación puede vivirse como una repetición de una historia antigua: la de sostener hasta que ya no se puede más, o la de apartarse cuando el equilibrio se rompe.

    Tomar conciencia de estos patrones no es buscar culpables, sino recuperar libertad. Observar el rol que uno ha ocupado en su familia de origen y cómo ese rol se trasladó a la pareja es un paso clave para construir vínculos más horizontales, donde ambos puedan apoyarse sin perderse a sí mismos.

    Terminar una relación, en este sentido, no siempre es el final. A veces es la señal más clara de que algo profundo necesita ser mirado, comprendido y transformado.

    Soy Fernando Aylwin, psicólogo y constelador familiar.

  • ¿Por qué cuesta tanto soltar una relación que ya no hace bien?

    ¿Por qué cuesta tanto soltar una relación que ya no hace bien?

    Acompaño a muchas personas que llegan a mi consulta con una pregunta parecida: “Sé que esta relación no me hace bien, pero no logro terminarla”. Si te reconoces en esta vivencia —o has sido testigo cercano de algo así—, quiero aclararte de que no se trata de falta de voluntad ni de debilidad. La dificultad para terminar relaciones suele tener raíces más profundas de lo que parece.

    Cuando el miedo a la soledad pesa más que el malestar

    Cuando una relación se alarga, se corta y vuelve a iniciarse, o se sostiene a pesar del sufrimiento, a menudo lo que está operando no es el amor, sino el miedo. Miedo a estar solo, a no ser suficiente, a no encontrar a nadie más. En mi experiencia clínica, estas emociones suelen ir de la mano con una autovaloración frágil: cuesta darse prioridad, cuesta creer que uno merece algo mejor.

    Aquí es donde la psicología del desarrollo aporta una mirada muy esclarecedora. La psicóloga Mary Ainsworth, a partir de sus investigaciones sobre el apego infantil, mostró cómo la forma en que fuimos cuidados y valorados en la infancia influye la manera de vincularnos como adultos. Cuando en los primeros años no hubo suficiente seguridad emocional, reconocimiento o disponibilidad afectiva, puede instalarse un persistente temor al abandono.

    Ese temor no siempre se experimenta de manera consciente. A veces aparece disfrazado de esperanza excesiva, de aguantar más de la cuenta, de pensar “esta vez será distinto”. Otras veces se manifiesta como una dificultad para terminar relaciones, incluso cuando el vínculo es insano.

    Desde esta perspectiva, no es raro que alguien prefiera una relación que duela antes que enfrentar la soledad. No porque la soledad sea peor, sino, porque ella activa una herida antigua: la sensación de no ser visto por los demás, de no ser elegido, de quedarse emocionalmente solo.

    Lo importante —y aquí quiero ser muy claro contigo—, es que esto no es una condena ni algo fijo. Los patrones de apego (que describió Ainsworth) ayudan a comprender el origen del problema, pero no determinan tu futuro. Comprender de dónde viene lo que hoy te pasa ya es un primer movimiento terapéutico.

    Por eso, cuando notes que la dificultad para terminar relaciones se repite en tu vida, vale la pena detenerse y mirar con honestidad:

    ¿Qué es lo que realmente temo perder?, ¿la relación o la sensación de no valer sin ella? ¿Qué experiencias tempranas pueden estar influyendo en cómo me vinculo hoy?

    Trabajar estos temas en terapia permite algo fundamental: empezar a construir una valoración personal que no dependa de ser elegido por otro. Poco a poco, la soledad deja de vivirse como amenaza y se transforma en un espacio posible. Y desde ahí, las decisiones cambian.

    Si este texto resonó contigo, no es casualidad. Escuchar esa resonancia y buscar ayuda profesional puede ser el primer paso para dejar de repetir vínculos que duelen y comenzar a elegir desde un lugar más seguro y propio.

    Soy Fernando Aylwin, psicólogo y constelador familiar.