Si en este momento sientes una frustración constante por no alcanzar las metas que “se supone” que ya tendrías que haber logrado, vale la pena detenerse a mirar de dónde vienen esas exigencias.
En la consulta encuentro con frecuencia que este malestar puede estar relacionado, al menos en parte, con una serie de expectativas y valores que fuimos incorporando a lo largo de nuestra historia.
En el transcurso de los años, el entorno familiar, social y cultural influye en las ideas que desarrollamos sobre cómo deberíamos comportarnos, qué tendríamos que decir o qué logros definirían nuestro éxito.
Esto se ejemplifica en roles como la maternidad o la paternidad: abundan las ideas sobre cómo “debe” actuar un buen padre o una buena madre, sin considerar necesariamente las circunstancias, necesidades y características particulares de cada persona y de cada familia.
Soltar lo aprendido para recuperar el camino propio
Cuando sentimos que debemos encajar a toda costa en esos patrones, podemos experimentar una presión importante. Cuando no alcanzamos esos estándares, podemos sentir frustración, insatisfacción o la sensación de estar quedándonos atrás.
Ante eso, es valioso preguntarse: ¿esta meta nace de mí o de la expectativa de alguien más?
En algunos casos, lo que nos exigimos puede no coincidir con nuestra manera de ser, nuestras circunstancias o aquello que realmente queremos construir.
Para vivir la adultez con mayor tranquilidad y autonomía, puede ser útil revisar de dónde provienen algunas de nuestras exigencias y decidir cuáles queremos mantener y cuáles ya no nos representan.
Revisar estos mandatos en un espacio terapéutico puede ayudarte a explorar qué expectativas sientes como propias y cuáles son ajenas, tu historia y tus experiencias. Es un trabajo pausado pero liberador, necesario para soltar las cargas que no te corresponden y empezar a decidir con verdadera autonomía.
Soy Fernando Aylwin, psicólogo y constelador familiar

