Es frecuente que me consulten personas que conviven con una profunda insatisfacción con su cuerpo. Buscan comprender por qué, a pesar del paso del tiempo, mantienen una percepción tan negativa de sí mismas y de su apariencia.
En esos espacios de conversación, suelo invitarlas a mirar hacia los años de la infancia, una etapa en la que, muchas veces, encontramos elementos importantes para comprender el malestar presente. En algunas personas, esa incomodidad que sienten al mirarse al espejo puede estar relacionada con críticas, comentarios o experiencias que dejaron una huella profunda y que hoy continúan resonando e influyendo en la manera en que se perciben.
¿Sientes que te ocurre algo parecido? Si tu respuesta es afirmativa, te propongo avanzar hacia una vivencia más serena y autónoma de tu cuerpo. Para ello, quiero invitarte a considerar las siguientes cuatro miradas.
1.Aprende a reconocer el origen de los juicios sobre tu cuerpo
Los comentarios despectivos que recibiste durante tu infancia pueden quedar profundamente instalados en la manera en que te relacionas contigo mismo. Con el tiempo, incluso pueden llegar a confundirse con una voz propia.
Es posible que termines repitiéndote frases como: “eres gordo”, “eres flaco” o “pareces un elefante”, junto con otros comentarios hirientes que alguna vez escuchaste. El trabajo terapéutico permite identificar esas valoraciones que quedaron incorporadas a tu historia personal y cuestionar la vigencia que todavía tienen en tu manera de pensar. No se trata de negar lo que ocurrió, sino de comprender que muchas de las cosas que hoy te dices no necesariamente nacieron de ti.
2. Reoriente tu búsqueda de valoración hacia tu propio criterio
Cuando una voz interior continúa repitiendo frases de desvalorización sobre tu cuerpo, es posible que termines agotado de depender constantemente de la aprobación de los demás.
Esta necesidad de confirmación puede convertirse en una forma de protegerte del dolor que provoca sentirte rechazado. Si los demás te aprueban, quizás por un momento logres sentirte seguro. Pero esa tranquilidad suele ser inestable, porque depende de algo que no puedes controlar.
Por eso, en un proceso terapéutico puede ser importante fortalecer tu propia valoración. La mirada de los demás cambia y no siempre está bajo tu control. El desafío consiste en construir una relación más estable contigo mismo y desarrollar una mayor seguridad interior.
3. Avanza hacia una “neutralidad corporal” y la apreciación de lo que tu cuerpo te permite hacer
No siempre es realista exigirte pasar de rechazar tu cuerpo a sentir entusiasmo o fascinación por él. A veces, ese salto puede sentirse artificial.
Por eso, un camino posible es avanzar hacia lo que se conoce como “neutralidad corporal”. Se trata de aprender a relacionarte con tu cuerpo sin evaluarlo constantemente según su apariencia.
Poco a poco, puedes comenzar a prestar atención a otras dimensiones: sus funciones vitales, tu capacidad de moverte, de abrazar, de caminar, de respirar y de experimentar el mundo. El desafío es alejarte de estándares visuales que te exigen cumplir con una determinada apariencia, sin obligarte tampoco a adoptar un positivismo que no sientes. Se trata, más bien, de aprender a conocer y sentir el cuerpo que es tuyo.
4. Desarrolla una regulación emocional basada en una sana autocompación
La autocrítica severa hacia tu cuerpo difícilmente te ayudará a construir una percepción más sana de ti mismo. Por el contrario, puede aumentar el malestar y mantenerte en un estado permanente de tensión y amenaza.
En terapia, propongo desarrollar la capacidad de dialogar contigo mismo desde la calma y la firmeza afectiva. Esto es lo que podemos entender como una sana autocompasión.
No se trata de resignarte ni de aceptar pasivamente aquello que te incomoda. Tampoco significa dejar de preocuparte por ti. Se trata de aprender a gestionar ese malestar sin recurrir a la agresión contra ti mismo.
Puedes reconocer que algo te duele, que hay aspectos de tu cuerpo que te generan incomodidad y, al mismo tiempo, aprender a tratarte de una manera menos cruel.
El camino para construir una relación más sana con tu cuerpo no exige alcanzar una apariencia determinada. Muchas veces, el verdadero proceso consiste en transformar la manera en que interpretas tus pensamientos, te relacionas contigo mismo y comprendes las experiencias que han marcado tu historia.
Tal vez no puedas cambiar todo aquello que escuchaste o viviste en el pasado. Pero sí puedes comenzar a preguntarte si esas voces que hoy te juzgan siguen teniendo que definir la manera en que te miras.
Soy Fernando Aylwin, psicólogo y constelador familiar.

